Homenaje a los hombres que me quitaron el miedo a viajar sola
Pepe, Alisson, Adam y Filipe. Siento que tenía que empezar a escribir este artículo con los nombres de estas personas para hablaros de cómo perdí el miedo que tenía a viajar sola.
La mayor preocupación de una mujer que viaja sola no es el viaje o lo desconocido. Son los hombres que podrá encontrarse en ese viaje y cómo actuar ante una situación incómoda. Este miedo impuesto por nuestras experiencias vitales y por una escasa educación feminista en las escuelas hace que la preparación del viaje tome una dimensión más allá de lo puramente geográfico y cultural. Por si fuera poco trabajo organizar un viaje sola, ¿qué tal si le añadimos un listado de teléfonos de emergencia, una puesta a punto de nuestro móvil para indicar nuestra localización y una búsqueda exhaustiva de diferentes hostales por si te toca compartir habitación con alguien desagradable? Ah, también me aficioné a apuntarme a qué hora se pone el sol en cada sitio que viajo, para que no me pille la noche lejos de mi alojamiento. Si eres un hombre y estás leyendo esto, ¿verdad que no te sientes identificado? Pero no escribo esto para meter miedo o hacer sentir mal al 50% de la población mundial. Escribo esto para animar a cualquier mujer a viajar sola si eso es lo que quiere, y también para contar mi maravillosa e inesperada experiencia compartiendo momentos con desconocidos.

Pepe, Alisson, Adam y Filipe. Contra todo pronóstico, estos hombres que forman parte de mi vida viajera en solitario no son parte de mi familia; tampoco son amigos de toda la vida que me han animado a viajar sola. Tanto familia como amigos han sucumbido a las temibles y repetidas frases que toda mujer está cansada de escuchar, a la vez que inmunizada: “Ve con cuidado”, “Una mujer sola por ahí es muy peligroso”, “Te puede pasar cualquier cosa”. Pues sí, muchas cosas pasaron, pero todas buenas.
Roma, Irlanda, Lisboa, Turquía. Estos son los lugares en los que conocí a cuatro personas que me hicieron confiar en mí misma. Nunca pensé que podría entablar una amistad con un hombre mientras viajo sola y, mucho menos, hacer planes juntos. No porque no me viera capaz por ser mujer, sino porque siempre había escuchado que debía mantenerme alejada de cualquier hombre para evitar sustos. ¿Pero yo qué culpa tenía de encontrar personas con las que congeniaba perfectamente? No por ser mujer iba a descartar la posibilidad de conocer gente en un país extranjero, donde se supone que buscas aventuras y nuevas experiencias.
En 2013 emprendí mi primer viaje sola
Decidí que el destino más seguro, en tanto que idioma, cultura y huso horario, sería Roma. También porque tenía allí a un amigo italiano que conocí durante mi estancia de erasmus en Izmir, Turquía, lo cual hacía ese primer contacto con el solo travel un poco menos peligroso. Aun así, me alojé en un hostal de mala muerte sin saberlo. Error de primeriza que tenía que ocurrir para que no me volviera a pasar nunca más.

Decidí probar eso de compartir habitación, algo que nunca había hecho. Cuando abrí la puerta me encontré a un chico tumbado en su cama leyendo un libro.
— Hi, can I come in? le dije en inglés, por si las moscas.
— Yes, of course!
Momento de pausa. Este acento…
— ¿Hablas español?
— ¡¡¡Ayyyy eres española!!! ¡Soy Pepe, vengo de México!
Así empezó mi historia de amistad que sigue hoy en día, después de casi 10 años, con Pepe. Compartimos algunos momentos en la Ciudad del Vaticano, tomando fotos cual turista que pisa por primera vez el país más pequeño del mundo. En esa época no se estilaban los selfies, por lo que agradecí tener a un compañero al menos para sujetarme la cámara y echar cuatro fotos para enseñar de vuelta en Barcelona. Y lo que aún no sabía es que nos encontraríamos de nuevo en Barcelona compartiendo una semana de aventuras en mi ciudad.

En el aeropuerto camino a casa, con los sentimientos a flor de piel por todo lo que viví en la ciudad eterna, decidí que quería seguir viajando de esta forma. Gracias (o no) a mi trabajo en un punto turístico de Barcelona, no podía disponer de las vacaciones durante la temporada alta. De esta manera, no tuve más remedio que aprovechar esos dos años en los que tenía diferentes semanas sueltas de vacaciones para invertir en mi andadura como solo traveler.
Conversaciones que empiezan en Estambul y acaban en Lisboa
El siguiente viaje fue a Estambul, en 2014. Aunque ya había estado viviendo allí gracias al intercambio en la universidad, nunca había estado sola en la capital cultural de Turquía. La excusa para volver fue la participación en una especie de “summer camp a lo adulto”, compartiendo una experiencia de casi un mes con gente de todo el mundo, y aunque no esperaba hacer migas tan pronto, en Estambul me llevé genial con un grupo de personas maravillosas. Aun así, mis momentos de querer vivir la experiencia sola me llevaron a conocer a Filipe, un portugués que trabajaba en el hostal donde me alojaba. Nos caímos bien e intercambiamos los contactos por si, por casualidad, me dejaba caer por Lisboa alguna vez, cosa que no entraba para nada en mis planes.
Si ya me cuesta poco emprender un viaje, imaginaros cuando hay una ruptura de por medio. Dublín fue mi vía de escape elegida para inaugurar el 2015 y una nueva vida de soltera feliz. Para mi fue un gran reto: un país que aún no conocía y sin tener a nadie a quien recurrir en caso que lo necesitara. Decidí repetir la experiencia y reservar una cama en una habitación compartida con 3 personas más. Y oh, qué sorpresa, todo chicos. Luego me enteré que había habitaciones exclusivas para chicas. Me maldije a mí misma, -inconscientemente sabía que estaría más tranquila entre chicas- pero me obligué a recordar las experiencias pasadas y confié una vez más en mi intuición.
Gracias a mi corta pero intensa experiencia en diferentes hostales aprendí que si quieres tener intimidad en una habitación compartida, puedes conseguirla. El truco está en reservar la cama inferior de la litera, para así colocar una toalla metida en el colchón de la cama superior y crearte tu mini tienda de campaña apartada del mundo exterior; en este caso no sirvió para insonorizar una cuadra de chicos que roncaban y no dudaban en expulsar sus flatulencias a diestro y siniestro. Menos mal que era joven y aún me quedaba paciencia.

Solo estuve tres días en Dublín. El segundo día, después de patearme la ciudad entera, cruzar el río Liffey varias veces y beberme unas cuantas pintas sola, caí rendida en la cama a media tarde. Al despertar, me encontré con un chico en la litera de arriba escuchando música en portugués. Por aquel momento, daba la casualidad que no podía sacarme de la cabeza la canción “Ja sei namorar” de Tribalistas, y me tomé eso como una señal de que debía presentarme y probar suerte con una nueva amistad en Dublín. Alisson resultó ser un estudiante de intercambio que venía de Brasil y solo se quedaba unos días en ese hostal mientras encontraba piso compartido. Empezamos a hablar de la ciudad, de los irlandeses, de música, de qué hacía sola en Dublín (sí, es imposible que no salga el tema) pero enseguida me sentí cómoda. Me invitó esa misma tarde a vivir la noche dublinesa con sus amigos de clase y para mí fue la oportunidad perfecta para ver la ciudad sin la falsa seguridad que da la luz del sol.
Fuimos a Temple Bar y nos dejamos literalmente la voz coreando las versiones de un dúo musical. “Wonderwall” o “With or without you” se me quedaron grabadas en mis cuerdas vocales durante muchos días. Regresamos al hostal a las tantas de la madrugada cantando las míticas canciones de Tribalistas, y por supuesto, no pude dejar de grabarlo para Snapchat, mi herramienta del momento para registrar mis viajes y decirle al mundo que estaba todo bien, que una mujer podía viajar sola por el mundo y pasarlo bien.

A cada viaje que hacía, una sensación de inmortalidad recorría todo mi cuerpo
En esos momentos, creía que era capaz de cualquier cosa. La sensación de poder moverte por el mundo sin necesitar a nadie más es algo que sólo puedes experimentar para entenderlo. Así que me faltó tiempo para buscar un nuevo destino.
Tres meses después me fui a Lisboa. Después de convivir con ronquidos y otras catastróficas desdichas en el hostal de Dublín, decidí reservar una habitación female only. Ya sé que esta historia va de los hombres que conocí en mis viajes, pero no puedo dejar de mencionar a Crystal, una chica filipina maravillosa, con la que conecté al instante. En el primer desayuno en el hostal coincidí con muchos viajeros. Algunos iban solos, otros en pareja, nadie con quien cruzara más de un par de frases. Hasta que conocí a Adam. Una sonrisa demasiado blanca lo delataba: venía desde Estados Unidos y estaba recorriendo Europa en bici. Era la primera vez que conocía a alguien haciendo semejante locura. En mi afán de no quedar como una corriente y aburrida viajera que coge el avión hasta su destino, le expliqué que un par de años atrás estuve viviendo la pasión turca en versión Erasmus, y resultó que nos estaba escuchando un chico canadiense que acababa de volver de trabajar como profesor en Estambul. Fue genial encontrar un pedacito de Turquía en Lisboa.

Ese día visité la Torre de Belém junto a Crystal y Adam. Les dije que, aprovechando que íbamos a estar por aquella zona, les llevaría a una de mis librerías favoritas -y que ya había ido el día anterior-, pero como buena organizadora de eventos que soy, no me pude resistir a montar el plan perfecto: fuimos a probar los súper famosos pasteles de Belém, visitamos la Torre de Belém y el Monasterio de los Jerónimos, nos hicimos cientos de fotos y finalmente llegamos a LxFactory.

Cuando entramos a Ler Devagar, la librería que se encuentra en ese recinto, se quedaron sin palabras. La ya conocidísima e instagrameable bicicleta voladora que caracteriza la librería les impresionó tanto que pasaron por alto los más de 50.000 libros que tenían ante sus narices. Tuvimos la suerte de coincidir con Pietro Proserpio, el responsable de la maravillosa obra en forma de bicicleta que cuelga del techo de la librería y del conjunto de inventos que creó para exponer en la librería. No sé cómo, pero conseguimos volver a reunirnos los tres en Barcelona; Adam llegó en bicicleta después de recorrer Andalucía cuando el calor ya empezaba a apretar. Supongo que os preguntaréis si aún seguimos en contacto… Pues bien, siempre hemos ido hablando por Facebook, incluso él me manda cada año una postal desde donde se encuentre. Gracias a la cuarentena volvimos a retomar el contacto en la modalidad que más se estila ahora: la videollamada. Así que me dí un paseo por Washington a través de su móvil, que para aquel entonces, eso me supo a gloria.

Y diréis… si fuiste a Lisboa… ¿Dónde está Filipe? Para ser sincera, olvidé que podría estar allí hasta que me llegó un mensaje suyo en Facebook, viendo que yo estaba en la ciudad. Me preguntó si tenía algún plan para el día y, entre paréntesis, muy sutilmente, me dijo: I got a car. Me faltaron manos para contestarle que quería visitar Cabo da Roca y la Quinta de Regaleira y que me parecía un planazo ir con él. Dos horas después de esa conversación ya estábamos rumbo al mirador, cerveza en mano y poniéndonos al día de esos últimos meses sin hablar. A cualquiera que se lo cuente me diría que cómo me pude subir al coche de un chico que sólo había visto un par de veces. Pero si queréis saber cómo acaba la historia, leed esta entrada donde os cuento todos los detalles de mi excursión por los alrededores de Lisboa con un auténtico local.

Escribiendo esto, casi 10 años después de todos estos viajes, aún se me acelera el corazón. Cuando cojo un vuelo sola me invade la sensación de que todo es posible. De que puedo dejarme llevar, improvisar, caminar sin rumbo y que ese camino siempre me va a llevar a algo que voy a recordar para siempre. Quizás escribo esto para no olvidarme de que un día decidí dejar todos esos comentarios fruto del desconocimiento y del miedo y lanzarme a la piscina del solo travel. Escribo esto para no olvidarme de que Pepe, Alisson, Adam y Filipe fueron unos instantes en mi vida, pero sin duda serán para siempre en mis recuerdos.


